Francisco, el Papa del abrazo de Dios

 


Francisco, el Papa del abrazo de Dios

Hay personas que pasan por la historia dejando huellas profundas. Francisco, el Papa que vino "del fin del mundo", fue una de ellas. No por discursos grandilocuentes, sino por algo mucho más poderoso: su testimonio constante del amor de Dios. Su legado puede resumirse en una palabra que lo acompañó desde el primer día: misericordia.

“La misericordia es el aire que respiramos”, decía. Y con ese aire, Francisco vivió y nos invitó a vivir. Su último adiós, tras la bendición Urbi et Orbi en Pascua, fue como toda su vida: sencillo, cercano, lleno de significado. Un gesto más de quien nunca dejó de mirar a los ojos al que sufre, al que cae, al que necesita empezar de nuevo.

Durante su pontificado, habló con fuerza sobre la paz, la fraternidad, la justicia social y el cuidado del planeta. Pero fue su insistencia en la misericordia —ese amor inmerecido que Dios nos regala— lo que marcó un antes y un después. No cambió la doctrina, pero sí nos recordó, como Jesús en el Evangelio, que Dios se acerca primero. Que ama primero. Que perdona con una caricia.

Desde aquel primer Ángelus, el 17 de marzo de 2013, su mensaje fue claro: Dios no se cansa de perdonar. Contaba que una anciana le confesó una vez en Buenos Aires: “Si Dios no perdonara todo, el mundo no existiría”. Esa frase lo acompañó siempre. Y es el corazón del Evangelio.

Como Jesús con Zaqueo, Francisco no pidió credenciales ni condiciones para entrar en la vida de nadie. Prefirió una Iglesia que sale, que se arriesga, aunque se equivoque, antes que una Iglesia encerrada en sus seguridades. Lo escribió en Evangelii gaudium y lo vivió hasta el final, incluso desde una silla de ruedas, cuando ya su cuerpo no le respondía, pero su espíritu seguía abrazando.

Fue criticado, incomprendido, incluso atacado, por su cercanía con los más pobres, con los descartados, con los que otros preferían ignorar. Pero él sabía que en esos gestos se hacía visible el verdadero rostro de Cristo. No buscaba aplausos, sino mostrar con su vida que la ternura de Dios puede cambiar el mundo.

Francisco ya ha partido a la Casa del Padre. Pero nos deja un legado vivo: el llamado a vivir y anunciar el Evangelio de la misericordia. A ser una Iglesia que se parece más a una madre que a un tribunal. A ser cristianos capaces de amar como fuimos amados: sin condiciones.

La misericordia no es una opción: es el centro del Evangelio. Si no la vivimos, no entendimos a Cristo.

Hoy, en honor al Papa Francisco, abracemos la misericordia. Convirtámosla en nuestro estilo de vida. Porque como él decía: “Si Dios no perdonara todo, el mundo no existiría”.

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