Ayuna del ruido, encuentra la verdad: Una reflexión cuaresmal


Ayuna del ruido, encuentra la verdad: Una reflexión cuaresmal

Quiero hacer una reflexión cuaresmal a partir de este hermoso texto de José María R. Olaizola, SJ.

CUARESMA

Ayuna

de proclamas hirientes, vacías,

de exigencia y reproches.

Ayuna de caprichos

y ocurrencias,

de murmuraciones,

de impertinencia.

Ayuna de ruido,

de polémicas,

de quejas.

Ayuna de evasiones,

de ensueños,

de tu propio reflejo

en espejos engañosos.


En lo escondido

vive el evangelio,

que todo renueva.

Entra en el desierto,

donde encontrarás

la verdad desnuda.

Descubre los signos

que del amor hacen

destino y escuela:

la mesa de todos,

el pan compartido,

la toalla ceñida.

Surgirá la cruz

en el horizonte,

y una encrucijada:

huir o quedarse,

siguiendo las huellas

de quien da la vida,

para que la luz

disipe las sombras

que ocultan a Dios.

Desde siempre tengo claro que la Cuaresma nos invita a un ayuno más profundo que el de la comida. Es un tiempo de conversión, de silencio interior y de encuentro con Dios en lo escondido. Ahora, ¿cómo vivir este tiempo con un corazón abierto y dispuesto?

La Cuaresma siempre nos trae un llamado claro: es tiempo de detenerse, de hacer silencio y de entrar en el desierto. Pero no cualquier desierto, sino aquel donde la verdad se nos presenta sin adornos. Muchas veces, cuando pensamos en ayuno, lo reducimos a dejar de comer ciertos alimentos o a privarnos de placeres materiales. Sin embargo, la invitación de este tiempo litúrgico va más allá. Nos llama a un ayuno más profundo, uno que toca el alma y transforma nuestro modo de relacionarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

El poema de Olaizola nos ofrece una perspectiva clara sobre este ayuno. No se trata solo de privarnos de cosas externas, sino de purificar nuestro corazón de aquellas actitudes que nos alejan de Dios y de los demás. Ayunar de proclamas hirientes, de exigencias vacías, de ruido y evasión. ¿Cuántas veces nuestras palabras han herido más de lo que han sanado? ¿Cuántas veces el ruido del mundo nos ha impedido escuchar la voz de Dios en nuestro interior? Este tiempo es una oportunidad para reencontrarnos con la esencia del Evangelio y permitir que el Espíritu Santo nos renueve.

Jesús mismo nos enseñó el verdadero significado del ayuno. En el Evangelio de Mateo, cuando los discípulos de Juan le preguntaron por qué sus seguidores no ayunaban, Él respondió: "¿Pueden acaso estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?" (Mt 9,15). Su mensaje es claro: el ayuno no es un fin en sí mismo, sino un medio para acercarnos más a Dios. Un corazón lleno de amor, desprendido y humilde, es lo que realmente nos acerca al Padre.

La Cuaresma nos invita a descubrir los signos que del amor hacen destino y escuela. La mesa compartida, el pan partido, la toalla ceñida. Jesús nos dejó un modelo claro de servicio y entrega. Cuando nos privamos de lo superfluo y nos abrimos a la caridad, nuestro ayuno cobra sentido. No es solo abstenerse de algo, sino llenarnos de lo que verdaderamente importa. La pregunta es: ¿qué nos está pidiendo Dios que dejemos en esta Cuaresma? ¿Qué actitud, qué apego, qué hábito debemos soltar para acercarnos más a Él?

El desierto es un lugar de prueba, pero también de encuentro. En la Biblia, el pueblo de Israel caminó 40 años por el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida. Jesús mismo pasó 40 días en el desierto antes de comenzar su misión pública. El desierto nos vacía, nos hace vulnerables, pero también nos abre a la acción de Dios. Cuando dejamos de aferrarnos a nuestras seguridades humanas, cuando nos despojamos de todo lo innecesario, es entonces cuando realmente encontramos la verdad desnuda.

Esta Cuaresma, te invito a hacer un ayuno diferente. Ayuna de palabras que no edifican, de quejas que solo alimentan la insatisfacción, de evasiones que te alejan de la realidad. Vive en lo escondido el Evangelio, sin buscar reconocimientos ni recompensas. Recuerda las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: "Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no lo note la gente, sino tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6,17-18). El verdadero ayuno es aquel que transforma el corazón y nos hace más semejantes a Cristo.

El horizonte de la Cuaresma es la cruz, pero también la Resurrección. Nos encontramos ante una encrucijada: huir o quedarnos, seguir las huellas de quien da la vida o perdernos en la superficialidad del mundo. La decisión es nuestra. Que este tiempo de ayuno, oración y limosna nos ayude a disipar las sombras que ocultan a Dios y nos conduzca a la luz de su amor.

¿Qué aspecto de tu vida necesita un ayuno esta Cuaresma? Déjame tu comentario y conversemos sobre cómo vivir este tiempo con un corazón renovado.

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